broli
La conjura de los necios:
Honestamente, compré este libro como regalo autopersonal de navidad y año nuevo.. a principios del corriente añete. Y cómo me sorprendió!! De manera grata...
El personaje es Ingatius Reilly, un gordinflón treintañero que vive con su madre en el medio de un asqueroso barrio de Nueva Orleans. Hasta ahí, nada nuevo. Pero dejá que te diga cómo es este Ignatius. Vestido permanetemente con una gorra de cazador, en algún punto parecida a la del chavo del ocho, se dedica a criticar con altanería al mundo actual. Y de esa forma le agarrás asco. El tipo trata mal a su madre, no labura, eructa casi todo el tiempo, tiene la pieza hecha un asco, critica duramente todos los movimientos contemporáneos y escribe un párrafo lleno de resentimiento cada dos días en cuadernos añejos de sus quebradizas experiencias fuera de su casa.
Luego, al presentarse todos los personajes que lo acompañan geográficamente en ese retraído pueblo, tan viejo y suburbano que se parece a toda una nación nueva y fresca, uno empieza a admirar al gordo y a odiar a los demás.
¨Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: Todos los necios se conjuran contra él ¨ y es tal cual esta frase de que está como prefacio del libro. Ignatius es la gran perla escondida en el libro de los sueños. El gran soñador en el mundo loco que odiamos pero que, a diferencia de él, aceptamos todos los días cuando nos levantamos temprano, comenzamos el día con nuestras obligaciones, dejando de lado, según él, a la ¨teología y a la geometría¨, los asuntos por los que realmente vale la pena discutir. El gordo es el genio antigenial que estábamos esperando. Puros kilos de sabiduría medieval. ¨Paz a los hombres de buena voluntad¨
El personaje principal me remite a: La imagen de Ignatius Reilly me vuela la cabeza hacia un personaje gordo que había en el ¨Mokey Island 2¨, más precisamente un gordo que había en una de las islas en donde viajabas en el juego, que hablaba desde su cama y a cada rato le sonaba una alarma que le avisaba que por unos tbos le caería helado. Asqueroso por donde se lo mire. [d.p.]
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Los culpables , de Juan Villoro
Hace unos meses, en una lectura caretoide, no sé si por cholulo o fetichista, le pedí a Villoro que me firme mi ejemplar de esta colección de cuentos. En la dedicación, mi mexicano favorito después de Ramón Valdez, dio cuenta del agradable clima —meteorológicamente hablando— que signó al encuentro, “ bajo las palmeras y los loros” . Bueno, la cuestión es que en el lugar no había ni palmeras ni loros. Lo tropical, el grito pelado del mariachi, la colorida tapa del libro, son juego —tanto broma como evento en el que se participa— desde el tono lacónico del autor. Villoro es el registro del estereotipo chillón mexicano desde la otra cara del mismo estereotipo: la siesta calurosa. Ahí hay tensión, una fuerza que hace oscilar entre la caricatura y la identidad. La caricatura, en parte creación gringa, en parte responsabilidad mexicana, reparte acusaciones, exige medidas. El ojo del mundo se posa en México, en el centro del panóptico, lugar del narrador. Y México también observa, la herencia también reclama. Se le hace pagar al gringo su sed de exotismo mientras los Mayas también pasan factura: el hilo conductor es el culpable. El culpable que también oscila, entre el escape y el Erdosain de Arlt, ansioso de escarnio. Así, el mariachi harto de ser mariachi teme y desea la caída de su máscara de hombría mexicana; el futbolista veterano entrega un partido a su salvador, casi redimiéndose en el odio de su tribuna; el guionista escribe en colaboración con su hermano la historia de como lo engañó. Entre el mérito individual y el lugar que nos asigna el mundo, la culpa nos hace ridículos y chiquititos hasta implosionar en una carcajada. El hombre poscolonial habita el límite entre la condena al imperialismo y la propia culpa del poscolono. A juzgar por Los culpables , no hay límite más divertido que México.
La golosina caníbal , de Guillermo Piro.
Lo único bueno de volver a Buenos Aires en el medio del verano es reencontrarse con la calle Corrientes. Fue así que metí, en una librería de usados, un par de pinitos no muy fáciles de conseguir de literatura argentina. Del otro, Coney Island , de Tabarovsky, voy a hablar más adelante, porque la cuestión se extiende hasta lugares donde mi indeterminación se asemeja al profundo Amazonas. Empecemos por este, el primer libro de poemas de Piro. O de prosa poética, aclaración inútil y quizá imprecisa. Más bien un tratado poético; un tratado de deforme positivismo. Un tratado degenerativo, como la vista, como el ojo —la golosina caníbal en persona—. Ahí está la vista, el campo visual, que es engaño. Y el engaño es nuestra realidad fisiológica. La visión es, mientras las imágenes reemplazan a los objetos, el rey de los sentidos —los sonidos y los aromas podrían ser percibidos por un ojo lo suficientemente agudo—. Ahí está el mundo, infinito, en una baldosa. Ahí está la imposibilidad del sentido, que es nuestra imposibilidad de percibirlo. Probar la golosina caníbal es lamer la certeza de esta duda: ahí el estado de la poesía, ante el mar de bolitas ojo de gato; el estado del poeta ante el filtro de la retina. El mundo es el ojo y contarlo, cantarlo, es cantar la imposibilidad de la tarea del filtro. La imposibilidad es complejidad y la complejidad, cantidad. La cantidad es un regalo. Gracias. Se pasea por los objetos como junkie con cuenta corriente. No se puede terminar ninguno, la necesidad no se satisface. Ahí se resiente el engaño y el coqueteo con el discurso técnico y la exposición práctica se vuelve contra sí. Hay un inglés náufrago que piró —cuac—, un hombre que despierta en un mundo de mutantes, la crónica del solitario que habita su propia mirada: la crónica de la imposibilidad. Experiencia que fallé en reponer con esta suma plebeya, siendo reemplazada por mi propia y torpe imposibilidad: la de un mutilado haciéndose la paja apretando una pelotita anti-stress. Buenas noches. [l's]