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Disco de Navidad
1. La navidad es yanqui.
2. Más allá de la cuestión consumista, el pino nevado y el barbudo uniformado de Coca-Cola. El espíritu navideño es yanqui.
3. El espíritu navideño encarna no sólo lo malo del gran país del norte. Es un ente, más que ambiguo, complejo. Es el imperio y su rostro humano.
4. El lugar más yanqui de nuestras navidades está frente a la tele. El de la resistencia, en la calle.
5. La navidad callejera e insurgente, tiene también su costado yanqui. El disturbio es un universal, y las patentes de los universales siempre se registran en las capitales.
6. El bastión más fuerte de la resistencia navideña austral está en la sidra.
7. Cristo era como un cowboy, escurridizo y en marcha. En el desierto, uno de dos encapotados. Joseph Smith tenía razón. Y nadie se molestó en preguntarle a Colt.
8. Un hombre sólo. Una escopeta. Una TV. Es una tarjeta de navidad, una estampilla norteamericana.
9. La navidad será yanqui hasta que vuelvan Evita y el General a reclamarla.
10. El pacifismo voluntarista, muy navideño él también, llenó el Madison Square Garden y vendió unos cuantos discos.
11. Los discos de navidad son bien yanquis.
12. Las antologías literarias navideñas son malas.
13. Las antologías literarias navideñas son malas porque no son lo suficientemente yanquis. Siempre cargan el cajón de Dickens.
14. El espíritu de la navidad me encarga hacer una antología que le haga justicia.
15. Como un disco de navidad, oportunismo de fin de año, pirotecnia. Kiss salva a la Navidad.
16. Un rastreo de los momentos en que el espíritu de la navidad guío las plumas de estos seres medio border que son los escritores.
17. El espíritu de la navidad me encomendó remover hispanismos al transcribir. También cortar, quitar por cualquier lado, resumir a lo bruto.
18. Hay escenas navideñas. También escenas de norteamericanismo crudo. Sin brindis, pesebres o regalos, la sombra del espíritu navideño, los colmillos ocultos de los renos, el brutal estado mental de la última semana de diciembre.
19. A lo mejor la navidad no es yanqui. Pero ya llega la literatura.
20 . Jack Keouac. En el camino . Fiestas de fin de año de 1948:
Las fiestas eran enormes; por lo menos había cien personas en un sótano de la Novena Oeste. Había gente hasta en las bodegas junto al horno. Pasaba algo en cada esquina, en cada cama y butaca: no una orgía, sino simplemente una fiesta de Nueva York con gritos frenéticos y música de radio atronadora. Había hasta una chica china. Dean iba como Groucho Marx de grupo en grupo, enterándose de todo. Salíamos periódicamente con el coche para traer a más gente. Vino Damion. Damion es el héroe de mi pandilla de Nueva Cork, lo mismo que Dean es el héroe del Oeste. No se gustaron mutuamente de inmediato. La novia de Damion de pronto le dio un puñetazo en la mandíbula, un derechazo magnífico. Damion quedó tambaleándose y ella se lo llevó a casa. Vinieron algunos de nuestros locos amigos periodistas con botellas. Afuera había una tremenda y maravillosa tormenta de nieve. Ed Dunkel ligó con la hermana de Lucille y desapareció con ella. A las cinco de la mañana todos corrimos por el patio trasero de un edificio de departamentos y trepamos a la ventana de una casa donde se celebraba una fiesta enorme. Al amanecer estábamos de regreso en el departamento de Ton Saybrook. Algunos dibujaban y bebían cerveza caliente. Me dormí en el sofá con una chica llamada Mona entre los brazos. Entraron grandes grupos procedentes del bar del campus de Columbus. Todas las cosas de la vida, todas las caras de la vida se amontonaron en la misma húmeda habitación. En el departamento de Ian MacArthur seguía la fiesta. Ian MacArthur es un tipo maravilloso que lleva gafas y mira divertido por encima de ellas. Aprendió a decir “Sí” a todo, justo como hacía entonces Dean, y no paró de decirlo desde aquella época.
21. No va a haber aquí análisis o interpretación. Que se me tome más por locutor entre canciones. La voz de Leonard Nimoy presentando historias.
De En el camino puedo decir que siempre me pareció un novela triste. Un frenesí de lo que pasó y vuelve como melancolía. Hay cierta monotonía en la serie del descontrol. Una sucesión de pruebas, de vacunas fallidas contra el tedio. Contagia las ganas de salir a la ruta, pero el fracaso se advierte en la primera señal. Una sensación de choque inminente.
En Menos que Cero , de Bret Easton Ellis , se suelta el volante. Hay aquí fiesta, perversión y niveles proporcionales de abulia. Clay, un joven rico californiano, vuelve del este, donde está estudiando, para pasar las fiestas en casa, el infierno tibio.
Rip y yo íbamos un día a Mulholland antes de mi partida y Rip mordisqueaba un ojo de plástico y llevaba una remera de Billy Idol. Yo trataba de sonreír y Rip dijo algo sobre ir una noche a Palm Springs antes de que me marchara y yo asentí vencido por el calor. En una de las curvas más traicioneras de Mulholland, Rip bajó la marcha y estacionó al borde de la ruta y se bajó y me hizo gesto de que hiciera lo mismo. Señaló los muchos autos destrozados que había en el fondo. Algunos estaban oxidados y quemados, otros nuevos y aplastados, y sus brillantes colores, casi obscenos, resplandecían al sol. Traté de contar los autos; por lo menos debía de haber veinte o treinta autos allí abajo. Rip me habló de unos amigos suyos que se habían matado en aquella curva; desconocían el camino. Cometieron un error en plena noche y volaron hacia la nada. Rip me contó que algunas noches, en el silencio, se podía oír el chirrido de los neumáticos y luego un prolongado silencio. Un rrriiish y luego, casi inaudible, un impacto. Y a veces, si uno escucha con atención, se oyen gritos en la noche que no duran mucho. Rip dijo que dudaba de que llegaran a sacar los autos de allí, y que probablemente esperarían hasta que estuviera lleno de autos y los utilizarían como una advertencia y luego los quemarían. Y allí parado, mirando el valle cubierto de niebla, y notando los vientos calientes y el polvo que se arremolinaba a mis pies, y el sol, una bola de fuego gigantesca que se elevaba, le creí. Y después, cuando volvimos al coche y cogió una calle que me pareció sin salida, le pregunté:
—¿Adónde vamos?
—No lo sé —me dijo—. Simplemente damos un paseo en coche.
—Pero esta ruta no lleva a ningún lado —le dije.
—¿Y qué importa?
—¿Y qué es lo que importa, viejo? —le pregunté al cabo de un rato.
—Sólo que estamos en ella, viejo —dijo.
22. De los jóvenes que dejan todo en pos de la aventura a los que tienen tanto que ya no pueden perder nada, y otra opción de la deriva juvenil: el que sólo tiene su resentimiento. Bendito sea. Escupiré sobre sus tumbas, de Boris Vian , es una maquetita de Estados Unidos hecha en Francia. El país como género: la novela negra, el thriller violento. Un negro con apariencia de blanco busca desquitarse por la muerte de su hermano ultrajando carnalmente a jóvenes ricas blancas, para terminar luego en un splatter fest. El personaje es el hard boiled del policial en contexto de descolonización. Un antecedente de Shaft. O mejor, de Sweetback. Aquí el capítulo XVI:
A los pocos días recibí una carta de Tom. Me citaba las Escrituras, dándome la referencia correspondiente, porque sospechaba que yo no estaba muy al tanto de esas cosas. La cita consistía en un versículo del libro de Job que decía: “Yo tomo mi carne en mis dientes, y coloco mi vida en las palmas de mis manos.” Creo que el tipo, según Tom, quería dar a entender con eso que había jugado su última carta o había arriesgado el todo por el todo, y me parece una manera un poco complicada de presentar un plato tan sencillo.
Por lo demás, no había nada nuevo. Libros y siempre libros. Me estaban llegando las listas de los libros de Navidad, y también hojas que no habían pasado por la central, de tipos que distribuían por su cuenta, pero mi contrato me prohibía meterme en este juego. A veces ponía de patitas en la calle a personajes de otra ralea, los que trabajaban en la cosa porno, pero nunca con malos modos. Los tipos esos eran muchas veces negros o mulatos, y yo sé lo mal que lo pasa esa gente; las más de las veces les compraba una o dos revistas y las regalaba a la banda; a Judy le encantaban.
Jean me invitó a pasar el fin de semana siguiente en su casa, y tuve que contestarle que me era imposible ir. No estaba dispuesto a dejarme manejar como un peón de ajedrez por aquella chica. No se encontraba bien y le habría gustado que yo fuera a verla, pero yo le dije que tenía trabajo atrasado, y ella me prometió que llegaría el lunes hacia las cinco, así tendríamos tiempo de charlar.
Por fin, el lunes a las cuatro y veinte, el auto de Jean se detuvo frente a mi puerta. Me propinó un beso de los de su mejor cosecha y le dije que se sentara. No bajé la cortina metálica a propósito, para que quedara bien claro que no me gustaba que hubiera llegado antes de tiempo. Como de costumbre, llevaba la ropa más cara que se puede encontrar.
—Las cuatro y veintinueve. Vas muy adelantada.
—¿Te molesta?
—Claro. Tengo cosas más importantes que hacer antes que divertirme.
—Sé amable, Lee. Voy a tener… Estoy…
—No te muevas —le dije—. Voy a cerrar, estaremos más tranquilos.
Probablemente, con el hijo de por medio sería más fácil librarse de ella. Ahora tenía un buen motivo para borrarse del mapa.
—Lo mejor que puedes hacer es ir tú primero, y yo iré más tarde. Así tendré tiempo de dejarlo todo en orden.
—Todos estos enredos no me gustan. Lee, ¿por qué no podemos marcharnos tranquilamente los dos, y decir a todo el mundo que queremos estar solos?
—No puede ser. Para ti está bien. Pero yo no tengo dinero.
—Me da igual.
—Mírate en el espejo. Te da igual porque tienes.
—¿Por qué dices estas maldades? ¿Te gusta hacerme daño? Lo único que quería decir es que tengo miedo…
—¿Miedo de qué?
—Miedo de que me abandones antes de que nos casemos.
—¿Y te parece que el matrimonio me retendría si quisiera abandonarte?
—¡Oh, Lee! Es todo tan distinto de cómo yo lo había imaginado. Creía que estarías contento de poder tenerme del todo.
Contesté alguna estupidez, y entonces ella se puso a vomitar. El olor me molestaba, pero me incliné hacia ella y la besé. Se apretó violentamente contra mí, murmurando incoherencias.
—Tienes que irte ya —le dije—. Vuelve a casa. Cuídate, y el jueves por la noche haces la maleta y te largas. Yo iré el lunes. Ya he pedido la licencia.
—Lee… ¿es verdad?
—Pues claro.
—Lee, te adoro… Sabes, vamos a ser tan felices…
Realmente era poco rencorosa. La puse en pie y le acaricié los pechos a través del vestido. Se puso tensa y se echó hacia atrás. Quería que siguiera. Yo habría preferido ventilar la habitación, pero ella se aferró a mí y, con una mano, me desabrochó el pantalón. Le levanté el vestido y me la tiré encima de la larga mesa en la que los clientes dejaban los libros que habían estado hojeando.; ella tenía los ojos cerrados y parecía muerta. Cuando sentí que se relajaba, seguí hasta que se puso a gemir, y acabé en su vestido, y entonces se levantó y, llevándose una mano a la boca, vomitó de nuevo.
Luego yo la puse en pie, le abroché el abrigo, la arrastré hasta su coche pasando por la puerta trasera y la instalé al volante. Tenía todo el aspecto de estar pasada, pero reunió sus últimas fuerzas para morderme el labio inferior hasta hacerme sangrar; yo no me inmuté y contemplé cómo se marchaba. Pienso que el auto, afortunadamente para ella, se sabía el camino.
Luego me fui a casa y me di un baño, para quitarme aquel olor.
23. Una escena de navidad, a cargo del mayor estilista actual de la novela negra: desde Los Ángeles Confidencial , de James Ellroy , les presento la fiesta que da nombre a la primer parte de la novela, “Navidad sangrienta”:
Barra libre: whisky escocés, bourbon, una caja de ron traída por Jack Tacho de Basura Vincennes. El brebaje de Dick Stensland en la heladerita portátil: Old Crow, ponche de huevo. Un fonógrafo emitía villancicos obscenos: Santa Claus y sus renos chupando y cogiendo. El lugar estaba lleno: uniformados de guardia, el escuadrón de la Central. Sedientos después de perseguir vagabundos.
Casi todos estaban borrachos o en camino de estarlo.
Casi todos hablaban de Helenowski y Brownell, de los culpables encerrados, de los dos aún prófugos.
Bud se paró junto a la ventana. Una oleada de rumores: Brownie Brownell tenía el labio partido hasta la nariz, uno de los mexicanos había arrancado la oreja de Helenowski de un mordisco. Dick Stensland había cogido una escopeta para ir a cazar mexicanos. Eso era creíble: había visto a Dick llevando una Ithaca al estacionamiento.
La música se volvió discordante. No sonaba como música. Bud oyó ruidos, gritos en las celdas.
El ruido se intensificó. Bud vio una estampida: de la sala de reuniones a las celdas. Un destello: Stensland enloqueciendo, alcohol, un alboroto. Maten a los mata policías. Bud corrió, llegó a la puerta.
Los policías iban de celda en celda. Elmer Lentz, manchado de sangre, sonriente. Jack Vincennes junto a la oficina de comandante de guardia, el teniente Frieling roncando en su escritorio.
Bud se abrió paso.
Intentaron frenarlo, pero vieron quién era y lo dejaron pasar. Stensland entró en la número tres; Bud lo suiguió. Dick estaba pegandoa un chicano enclenque. Trancazos en la cabeza. El chico estaba de rodillas, escupiendo dientes. Bud aferró a Stensland; el mexicano escupió sangre.
—Eh, mister White. Te conozco, puto. Le pegaste a mi amigo Caldo porque castigaba a su esposa. Ella era una puta, pendejo. ¿No tienes sesos?
Bud soltó a Stensland; el mexicano alzó el dedo corazón en un gesto obsceno. Bud lo pateó, le aferró por el cuello. Ovaciones, exclamaciones, insultos. Bud golpeó la cabeza del mexicano contra el techo; un uniformado entró a empujones. La voz de niño rico de Ed Exley:
—Basta, agente. ¡Es una orden!
El mexicano le pateó los testículos. Bud cayó contra las rejas; el chico salió de la celda, chocó contra Vincennes. Tacho de Basura, boquiabierto: sangre en su blazer de cachemir. Tumbó al mexicano con un par de puñetazos; Exley salió de las celdas.
Gritos, aullidos, alaridos: más fuertes que mil sirenas Código 3.
Stensland sacó una botella de gin. Bud vio a cada hombre de allí condenado para siempre al distrito negro. De puntillas, una buena vista: Exley arrojando la bebida al suelo.
Voces: así me gusta, Bud. Caras distorsionadas. Exley seguía arrojando bebida al suelo, Testigo Abstemio. Bud corrió por el pasillo, lo agarró con fuerza.
24. Ahora, lo propio hace el faro del minimalismo en nuestra literatura vernácula. Aquí un fragmento del cuento “Vitaminas”, de Raymond Carver :
Eso era por Navidad. La venta de vitaminas iba bastante mal por entonces, así que pensamos dar una fiesta para animar a todo el mundo. De momento, parecía una buena idea. Sheila fue la primera en emborracharse y perder el sentido. Se desvaneció estando de pie, se derrumbó y durmió durante horas. Estaba de pie en medio del cuarto de estar, y en un segundo se le cerraron los ojos, se le doblaron las piernas y cayó al suelo con el vaso en la mano. Al caer, la mano con que sujetaba la copa chocó contra la mesita. Aparte de eso, no hizo ruido alguno. La copa se vertió sobre la alfombra. Patti, otra chica y yo la llevamos como un fardo al porche de atrás, la depositamos sobre un catre e hicimos lo que pudimos para olvidarnos de ella.
Todo el mundo se emborrachó y volvió a su casa. Patti se fue a la cama. Yo tenía ganas de seguir, así que me senté a ala mesa con una copa hasta que amaneció. Luego Sheila entró del porche y empezó a armarla. Dijo que tenía tal dolor de cabeza que le daban ganas de darse contra las paredes. Que tenía una jaqueca tan fuerte que tenía miedo de quedarse bizca para siempre. Y estaba convencida de que se había roto el dedo meñique. Me lo enseñó. Estaba morado. Se quejó de que la hubiéramos dejado dormir toda la noche con los lentes de contacto puestos. Quiso saber si a alguien le importaba un comino. Se acercó el dedo a la cara y lo miró. Meneó la cabeza. Retiró el dedo tanto como pudo y lo observó. Era como si no pudiese creer las cosas que le habían ocurrido aquella noche. Tenía la cara hinchada y el pelo enmarañado. Se echó agua fría en el dedo.
—¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! —dijo, llorando sobre la pileta.
Pero había hecho proposiciones serias a Patti, una declaración de amor, y yo no le tenía la menor lástima.
25. Carver ha de ser una de las peores cosas que le pasó a nuestra literatura. No es su culpa. Su trabajo bonsai sobre el iceberg de Hemingway, el dato velado, la palabra justa, fue tironeado hacia su opción histérica, cuando los hombres como Hemingway dejaron de ser posibles salvo como caricaturas.
Recordemos al viejo Ernest con este tratado sobre lo yanqui y la navidad, aunque habla de corridas de toros y pasa en España. Un poco de Ernest Hemingway y Muerte en la tarde :
En los viejos tiempos, iban a ver a un médico y el médico volvía a poner en marcha, o trataba de poner en marcha, lo que estaba desarreglado en su organismo. De la misma manera, entonces iban a una corrida de toros y se encontraban con que los toreros eran toreros; habían hecho un aprendizaje real, conocían su oficio y lo ejercitaban con el capote, con la muleta y con las banderillas, desplegando así toda la habilidad que su saber y su valor les consentían y, por último, mataban al toro.
Pero una persona que vaya a los toros no sabe que esto de la especialización se ha extendido también hasta a las corridas, de manera que hay toreros que no son buenos más que con el capote y no sirven para nada en todo lo demás. Juzgará entonces la fiesta por lo que ha visto, cuando en realidad lo que ha visto no es más que la más triste parodia del modo cómo hay que pelear con un toro.
Lo que la fiesta pide hoy es un torero completo, que sea al mismo tiempo un artista, para salvarla de los especialistas, de los toreros que no saben hacer más que una cosa, aunque la hagan muy bien; pero que tienen necesidad, para hacerla, de un toro especial, fabricado casi a la medida, para poder dar la talla de su arte, o, a veces, para ser capaces simplemente de mostrar que tienen un arte. Lo que necesita la afición es un dios que eche a escobazos a los semidioses. Pero aguardar al Mesías es obra de mucha paciencia, y en el camino se encuentran muchos impostores. No se menciona en la Biblia el número de los falsos Mesías que vinieron antes que Nuestro Señor, pero la historia de los últimos diez años de los toros proporcionaría una cifra muy interesante.
Sólo hubo dos grandes toreros que llegaron a ser matadores consumados antes de los dieciséis años: “Costillares” y Joselito y, como parecían haber saltado por encima de todo aprendizaje, y haber encontrado un camino real para aprender, muchos jóvenes recibieron a continuación un aprendizaje tan prematuro como desastroso. El “Niño de la Palma ” fue un buen ejemplo de ello.
Cayetano Ordóñez, “Niño de la Palma ”, fue hecho matador de toros una primavera, después de haber consumado algunas hazañas como novillero en Sevilla y Málaga y haber logrado algunos triunfos menores en Madrid; y en su primera temporada parecía ser el Mesías para salvar la fiesta, si es que había algún mesías que podía salvarla.
Mató varias veces recibiendo, es decir, esperando a que el toro se precipitase sobre la espada, a la vieja usanza; y con la muleta era magnífico. Gregorio Corrochano, el crítico taurino del diario ABC, el influyente periódico de Madrid, dijo de él: “Es de Ronda, y se llama Cayetano”. Era de Ronda, la cuna de los toros, y se llamaba Cayetano, nombre de un gran torero, Cayetano Sanz, el mejor estilista de los viejos tiempos.
La frase dio la vuelta a España, y, traducida libremente, tiene el mismo sentido que si se dijera, años después, entre nosotros, que un joven jugador de golf, que era ya un gran jugador, había salido de Atlanta y que su nombre era Bobby Jones. Cayetano Ordóñez tenía aire de torero, se comportaba como torero y, durante una temporada, fue torero. Le vi en la mayor parte de las corridas en tomó parte y en sus mejores momentos. Al final de la temporada recibió una cornada grave y dolorosa en el muslo, en la arteria femoral.
Aquello fue el fin. Al año siguiente tenía más contratos que ninguna otra figura de la profesión, a causa de su primer año espléndido, pero sus actuaciones en la plaza fueron una serie de desastres. Apenas podía mirar al toro. Su terror, cuando había que entrar a matar, era penoso de ver, y se pasó toda la temporada asesinando a los toros del modo que menos peligro supusiera para él, corriendo de través en su línea de embestida, metiéndoles la espada en el cuello, hundiéndosela en los pulmones o en cualquier sitio que pudiera encontrar sin necesidad de adelantar su cuerpo entre los cuernos. Fue la temporada más vergonzosa que ningún torero había dado jamás hasta aquel año.
26. De gira por el mundo, vayamos a esa provincia de la historia estadounidense, también territorio de su contrahistoria: Vietnam. Del genial libro de cuentos sobre Nam, Las cosas que llevaban , esto es, de Tim O'Brien, “Iglesia” :
Una tarde, en algún punto al oeste de la Península de Batangan, nos cruzamos con una pagoda abandonada. O casi abandonada, porque un par de monjes vivían allí en una choza de papel embreado, cuidando un pequeño huerto y algunos altares rotos. Casi no hablaban una palabra de inglés. El monje más viejo nos llevó a la pagoda. El lugar estaba oscuro y fresco, recuerdo, con paredes derruidas y ventanas tapadas con bolsas de arena y un cielo raso lleno de agujeros.
—Esto es malo —dijo Kiowa—. No se juega con las iglesias.
Pero pasamos la noche allí, convirtiendo la pagoda en una pequeña fortaleza, y durante los siete u ocho días siguientes usamos el lugar como base de operaciones.
Aunque eran bondadosos con todos nosotros, los monjes sentían un aprecio especial por Henry Dobbins.
—Jesús soldado —decían—, buen Jesús soldado.
Agachados silenciosos en la pagoda fresca, ayudaban a Dobbins a desarmar y limpiar la ametralladora, cepillando con esmero las distintas partes con aceite. Los tres parecían entenderse. Nada que tuviera que ver con palabras, sólo una serenidad que compartían.
—Sabes —le dijo Dobbins a Kiowa una mañana—, después de la guerra tal vez me una a estos tipos.
—¿Unirte cómo? —dijo Kiowa.
—Usar túnica. Tomar los votos.
Kiowa lo pensó.
—Ésa es nueva. No sabía que estabas en la cosa religiosa.
—Bueno, no lo estoy —dijo Dobbins. Aparte de él, los dos monjes estaban trabajando con la M-60. Los contempló turnarse para pasar escobillas con aceite a través del tambor—. Quiero decir, no soy de los que van a misa. Cuando chico, hace mucho, solía sentarme en la iglesia a contar ladrillos en la pared. La iglesia no era para mí. Pero después, en la secundaria, empecé a pensar en que me gustaría ser predicador. Casa gratis, auto gratis. Montones de comida. Parecía una buena vida.
—¿Hablas en serio? —dijo Kiowa.
Dobbins se encogió de hombros.
—¿Qué es serio? Era un chico. El asunto es que creía en Dios y todo eso, pero no era la parte religiosa lo que me interesaba. Sólo ser bueno con la gente, eso es todo. Ser decente.
Henry Dobbins se quedó en silencio por un momento. Sonrió al monje viejo, que ahora estaba limpiando el mecanismo del gatillo de la ametralladora.
—¿Y contigo? —dijo Dobbins.
—¿Cómo?
—Bueno, llevas esa Biblia a todas partes, casi nunca puteas ni nada, así que tendrías…
—Crecí así —dijo Kiowa.
—¿Alguna vez… ya sabes… pensaste en ser predicador?
—No. Nunca.
—Un predicador indio. Viejo, me encantaría verlo. Con plumas y sotana de búfalo.
—Un predicador no, pero me gustan las iglesias. Cómo te sientes adentro. Te sientes bien cuando te sientas allí, como si estuvieras en un bosque y todo estuviera muy quieto, salvo que sigue estando ese sonido que no puedes oír.
—Sí.
Kiowa hizo un ruido con la garganta.
—Está todo mal —dijo.
—¿Qué?
—Habernos instalado aquí. Sea como fuere, sigue siendo una iglesia.
Cuando los dos monjes terminaron de limpiar la ametralladora, Henry Dobbins empezó a armarla de nuevo, eliminando el aceite sobrante, después le tendió a cada uno de los dos hombres una lata de duraznos y una barra de chocolate.
—Muy bien —dijo— didi mau , muchachos. Bórrense.
Los monjes hicieron una reverencia y salieron de la pagoda a la luz del sol.
Tienes razón —dijo—. Todo lo que puedes hacer es portarte bien. Tratarlos con decencia, ¿sabes?
27. El llamado del Señor, como el espíritu de la navidad, toca diferentes campanas. Aquí veamos la del memorable sheriff Nick Corey, de la novela de Jim Thompson, Población: 1.280 :
—¿Y qué ha pasado? —dije.
—¡No te hagas el tonto conmigo, maldito seas! ¡Sabes muy bien lo que ha pasado! ¡Estuviste fuera todo el tiempo, porque te oí cuando te fuiste! ¡Dejaste que ocurriera todo aquello! ¡Estabas allí mirando cuando tuve que matar a dos personas!
—¿Eh? —dije— ¿Sí?
—¿Qué mierda es eso de “¿eh? ¿sí?” ¿Vas a decirme que no lo hiciste tú, que no ocurrió así? ¿Qué no lo planeaste todo y… y…?
—Ni un poco —dije—. Que yo ponga la tentación delante de la gente no quiere decir que se tenga que pecar.
—¡Te he hecho una pregunta, maldito seas! ¿Quién planeó esas muertes? ¿Quién ha dicho una mentira cada vez que respiraba? ¿Quién es el que ha estado fornicando conmigo y Dios sabe con cuántas más?
—Ah, vamos —dije—. Esas cosas no cuentan.
—¿Que no cuentan? ¿Qué quieres decir?
Le dije que quería decir que me limitaba a cumplir con mi deber según los santos preceptos de la Biblia.
—Es lo que se espera que haga, ya sabes, castigar, a las personas por ser personas. Tentarlas para que revelen su interior y entonces quitarles la mierda a patadas. Y es un trabajo muy duro, mi querida Rose; me figuro que si obtengo un poco de placer en el proceso de atrapar a la gente, me lo tengo más que enormemente merecido.
Rose se me quedó mirando con la frente fruncida.
—¿Qué dices? —dijo—. ¿Qué tonterías son esas?
—Bueno, mira, puede que parezcan tonterías —dije—, pero yo no tengo ni la más leve culpa de ello. Según la ley, yo debería estar al acecho de los grandes y los poderosos, de los tipos que realmente gobiernan este lugar. Pero no se me permite tocarlos, así que me veo forzado a equilibrar la situación siendo dos veces más implacable con la basura blanca, los negros y los individuos como tú que tienen el cerebro perdido allá en el culo porque no encuentran otro sitio donde utilizarlo. Sí, señora, soy un trabajador de la viña del Señor, y si no puedo llegar muy alto me veo obligado a trabajar con mayor brío con las cepas que están abajo. Pues el Señor ama al trabajador voluntarioso, Rose; a Él le encanta que un hombre se rompa el culo durante su jornada laboral. Y yo hago que su jornada se acorte, se acorte comiendo y durmiendo, pero yo no puedo comer ni dormir mientras tanto.
28. Para ir cerrando, una visita a la capital imperial de la navidad, que es lo mismo que decir la capital del imperio: Las Vegas, hogar del Santo Grial Americano, la copa donde el Señor guardó sus fichas. Primero vamos con el viejo cascarrabias de Norman Mailer , en Un Sueño Americano :
Yo vivía en dos atmósferas. Cinco veces al día, u ocho, o dieciséis, hacía una movida del hotel al auto, un viaje a través del horno con el sol a cuarenta y tres grados, y después un esprint a lo largo del Strip (calles del tamaño del cañón del Colorado), un rápido esprint en el auto, lamedor carrera de autos de pasajeros de toda Norteamérica, no sólo conduciendo tu propio ejemplar de la producción en serie sino cambiando de carril con los otros seis o siete autos en tu campo de colisión. Era la vida comunal en su mejor versión, todos a disposición de todos, y después un giro de as del volante para salir del Strip y aterrizar en el estacionamiento del hotel cercano, con los pulmones aspirando los fuelles del desierto, el aire a cuarenta y tres grados, más caliente que franela caliente en el forro de la garganta, y una vez más era imposible saber si uno podía llegar hasta el final o si dentro de dos horas, o de cuatro, o de seis o de veintiséis, el calor iba a hincharle a uno algún gozne del cerebro e iba a colarse la locura por la rendija. Durante cinco o diez minutos el aire del desierto era perfectamente soportable, un deporte, cuarenta y tres grados y subiendo. Pero después venía la entrada a un hotel donde acampaba la segunda atmósfera, la fría, los veintiún grados de oxígeno aire acondicionado, aquel aire que parecía haber venido viajando por el espacio, como si uno estuviese en la cámara de placer de un campamento de la luna y trajesen diariamente a la tierra por medio de cohetes aire enriquecido. Sí, la segunda atmósfera tenía un olor que no era el del aire acondicionado de otros sitios: el aspirar de la máquina dejaba un hueco que era aquí más profundo. Uno captaba el olor de un espacio vacío donde algo estaba muriendo en soledad.
29. Los discos de navidad cobran vida todos los días en los escenarios de Las Vegas, en sus crooners obstinados. Como en La Tierra de Tomy y Daly, en Las Vegas todos los días es Año Nuevo. Muerte y Promesa, sacándose chispas sobre el asfalto. Miedo y Asco en Las Vegas, del buenazo de Hunter S. Thompson :
Hacia la medianoche, mi abogado quiso café. Había vomitado bastante mientras recorríamos el Strip, y el flanco derecho de la Ballena estaba todo embadurnado. Habíamos parado en un semáforo frente al Silver Slipper junto a un gran Ford azul con matrícula de Oklahoma… en el coche había dos parejas de aire porcino, probablemente policías Muskogee que aprovechaban la conferencia sobre la droga para que sus mujeres pudiesen ver Las Vegas. Parecía que acabasen de ganarle al Caesar's Palace treinta y tres dólares en las mesas de veintiuno, y se dirigiesen al Circus-Circus a disfrutarlo…
…pero de pronto, se vieron junto a un Cadillac descapotable blanco todo vomitado y un samoano de ciento veinte kilos con camiseta de manga corta amarilla gritándoles:
—¡Eh, amigos! ¿Quieren comprar un poco de heroína?
No hubo respuesta. No hubo signo alguno de reconocimiento. Ya les habían advertido sobre cosas así: lo mejor era ignorarlo…
—¡Eh, carpálidas! —gritó mi abogado—. ¡Hablo en serio, mierda! ¡Quiero venderles caballo puro!
Había sacado la cabeza del coche y estaba casi pegado a ellos, pero aún así ninguno contestaba. Eché un vistazo breve, y vi cuatro rostros norteamericanos de mediana edad, paralizados de estupor, mirando fijo al frente.
Nosotros estábamos en el carril del medio. Un giro rápido a la izquierda sería ilegal. Tendríamos que seguir derecho cuando cambiase el semáforo y Lugo escapar en la esquina siguiente. Esperé, tanteando nervioso el acelerador…
Mi abogado había perdido ya el control:
—¡Heroína barata! —gritaba—. ¡De la buena! ¡Con esta no se enganchan! Carajo, ¡sé muy bien lo que tengo acá!
Golpeó la carrocería del auto, para llamar su atención… pero no querían saber nada de nosotros.
—¿Nunca hablaron con un veterano, amigos? —dijo mi abogado—. Acabo de volver de Vietnam. ¡Pero si es heroína, viejo! ¡Puro caballo!
De pronto cambió el semáforo y el Ford salió como un cohete. Pisé el acelerador a fondo y me mantuve a su altura unos doscientos metros, vigilando por el espejo retrovisor a ver si aparecían policías; mientras, mi abogado, seguía gritándoles:
—¡Pico! ¡Garche! ¡Heroína! ¡Sangre! ¡Caballo! ¡Violación! ¡Barato! ¡Comunistas! ¡Les voy a meter la aguja en los ojos, conchudos!
Íbamos hacia el Circus-Circus a gran velocidad y el auto de Oklahoma giró a la izquierda, intentando desviarse por el carril de giro. Cambié de velocidad la Ballena y corrimos paragolpes contra paragolpes un momento. El tipo no pensaba siquiera en pegarme; había horror en su mirada…
30. En ambos coches viajaba la dualidad del espíritu norteamericano; ambos Jekyll y Hyde, sin transformarse, juntos, horribles y atractivos. Como el esquivo espíritu navideño, capaz de justificar un innecesario budget de marketing, un texto chanta de fin de año, el incendio de las calles y altares de occidente, fuego para las velas de su propio cumpleaños.
31. Feliz navidad.
1. Y feliz Año Nuevo. [l's]